El jardín de la libertad



Mar, 09 Mar 2010 06:04:00

El jardín de la libertad
Libertad García de Danwing

¡Que vivan las mujeres!

… Y que no nos vendamos simulacros para que
entre los dos no haya telón ni abismos
                                                          Mario Benedetti


Se llama Ignacia y aunque sus ojos hace ya muchos años no distinguen la luz, su corazón sigue viendo lo esencial. La conocí en una visita reciente al mágico municipio de Palmillas y con sólo verla supe que era de esas mujeres que dejan huella. Ella lleva sobre su frágil osamenta 107 años y salvo su ceguera denominada senil, está más lúcida que muchos “sabios” que conozco.

Nacida en 1903, cuando todavía Don Porfirio era el férreo dictador que controlaba vidas y haciendas, doña Ignacia de la Rosa fue elegida por Pablo Cuevas y Katia Tirado para participar en “Los hijos de la Revolución”, un foto-reportaje que se expone actualmente en la bella población del altiplano. Conmovedoras imágenes y reveladores textos, donde entre otros descendientes de revolucionarios, Ignacia recrea la vida de sus años mozos con una filosofía digna de la polis griega: “Más antes estaba uno pobre, pero al cabo le voy a decir, que el rico es el rico, pero se va como el pobre. ¡No se lleva nada, nada se lleva!”

Nada más cierto. En esta terrena vida que se va en un suspiro, lo que uno se lleva son las experiencias, las emociones, los momentos compartidos. Sentir en mis manos el palpitar de Ignacia de la Rosa fue una de esas vivencias inolvidables. Cuando la tuve cerca no pude evitar pensar cuántas cosas habrán pasado por esa mente llena de luz, cuántos amores, cuántos dolores, cuántas pérdidas. Mujer que declara haber “remendado mucho” porque no había para ropa nueva. Mujer que sin maquillajes ni cirugías, es dueña de una belleza y dignidad que sólo poseen los elegidos. Mire usted que no cualquiera vive 107 años.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, ejemplos como el de doña Ignacia me reafirman el poder de lo femenino. Una mujer que resistió los fragores de la violenta revolución y que con todos sus años todavía se preocupa por la humanidad. Algo que comprobé cuando con temblor en su voz me preguntó por la cantidad de muertos en los recientes terremotos. La sensibilidad que se manifiesta en las muchas mujeres que como Penélope, tejen sus redes de amor donde quiera que estén, esperando que algún día las cosas cambien. Mujeres que no se limitan a lo doméstico sino que actúan y militan en diversas trincheras.

Como Ignacia de la Rosa, Tamaulipas ha sido cuna de muchas mujeres que resisten y se resisten frente a una sociedad mayoritariamente machista. Mujeres que se rebelaron al orden establecido por las falocracias que a lo largo del tiempo han pretendido dominarlas. Doña Juana Torres es otro ejemplo digno de mencionar. Mujer valiente que también en el semidesierto tamaulipeco encarnó una revolución que a cien años de distancia todavía suena y resuena. Madre de cinco generales entre los que destacó el brillante profesor Alberto Carrera Torres, se dice que doña Juana fue la jefa moral del movimiento revolucionario que hizo vibrar la sierra madre.

Famosa por su indómita voluntad, se dice que doña Juana solía recorrer veredas y caminos terciada por sus cananas, sin olvidar nunca su 30-30. Mujer de armas tomar a quien sus hijos siempre informaban de sus partes de guerra. Una revolución en la que muchas mujeres como ella participaron no sólo como fábricas de tortillas o consuelo para los “Juanes”, sino también como soldaderas, coronelas y generalas. Mujeres inteligentes que desarrollaron un papel fundamental en las batallas de una revolución en la que casi nunca se les reconoció su valor.

Hoy, a punto de conmemorarse el centenario de una lucha que muchas féminas alimentaron, las revoluciones femeninas son otras pero contienen la misma indeclinable pasión. Mujeres que se atreven a desafiar los estereotipos y que inspiradas en sus predecesoras, alzan sus voces y transforman los espacios que pisan. Mujeres que pueden ser lo mismo afanadoras que senadoras, agricultoras que doctoras, costureras que maestras. Madres, hijas, hermanas, amigas. Mujeres que entregan y se entregan en el trabajo, en el amor, en la vida. Mujeres todas que aún padecen, en pleno siglo XXI, de discriminación, exclusión y violencia.

Porque a pesar de los avances y de los logros evidentes de las mujeres en muchos ámbitos, nadie puede negar que aún existen abismales desigualdades entre hombres y mujeres. Basta ver el número de mujeres en los puestos de alta dirección de la política o de la empresa para dar cuenta de las inequidades. Escenarios donde las cuotas de género muchas veces son sólo simulacros de igualdad (¿oyeron Juanitas?). Simulacros que hacen más profunda la brecha entre los géneros y que impiden relacionarse con mejores expectativas. Simulacros que ofenden y violentan a quienes por siglos han luchado por cada espacio ganado.

Con todo, también sabemos que hoy la marcha del mundo no se concibe sin el aporte de las mujeres. Contribución que genera el 50 por ciento de la fuerza creadora. Mujeres que pese a todo, avanzan y “transforman lo eterno en cotidiano y luchan cuerpo a cuerpo con la suerte hasta lograr que coma dulcemente de sus manos”. Mujeres que se saben imperfectas, falibles y vulnerables pero que nunca cejan en su empeño, como doña Ignacia, de “remendar” el mundo para hacerlo un espacio más justo, más solidario, más humano. Mujeres que caen y se levantan con las alas de la libertad tantas veces negada.

Ejemplos de esas mujeres sobran. Usted tiene las suyas y yo las mías. Las que viven y las que reviven en nuestra memoria. Por ellas y por las que vienen debemos seguir luchando. Mientras escribo, el fuerte y seductor aroma de las flores de azahar penetra por mi ventana anunciando la más bella estación y pienso que pese a la violencia y la desigualdad, las mujeres seguirán floreciendo siempre que haya vida. Ya lo dijo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.
¡QUE VIVAN LAS MUJERES!   

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