Antonio González Sánchez
Es importante descubrir que la Palabra de Dios escrita en la Biblia no es algo del pasado, sino que sigue siendo una enseñanza para nuestro tiempo y para todas las personas. También es necesario reflexionar que las enseñanzas de esta Palabra no se oponen la naturaleza, ni son esclavizantes para nadie, sino todo lo contrario da criterios para vivir mejor todos, tanto en lo personal como en lo comunitario.
El mensaje del Evangelio de este domingo, Mc 12, 38–44, invita a no servirnos de la religión para explotar a los demás, ni tomar a Dios como pretexto para menospreciar a nadie. También recuerda que no es suficiente hacer grandes rezos sino se vive la caridad con aquellas personas que diariamente conviven con nosotros. También el Señor Jesús reprueba el valerse de la religión para obtener privilegios y honores delante de los demás.
También el Evangelio nos presenta la actitud de una viuda delante de Dios. Es importante recordar que en tiempo de Jesús la viuda era una mujer totalmente desprotegida, ya que se consideraba viuda cuando había fallecido su marido y no tenía ningún hijo adulto ni yerno que la mantuviera, ni cuñado que se uniera a ella según la costumbre del levirato (El levirato era una costumbre o ley que exigía que la viuda sin ningún hijo varón, fuera tomada como mujer por algún cuñado, Dt 25, 5). La precaria situación de las viudas era el resultado de aislamiento: era casi imposible volver con su familia de origen pues se había separado de ella a causa de su matrimonio; la morir su familia se perdía cualquier vínculo con su familia. Como testimonio de esto lo encontramos en la primera lectura de este domingo 1Re 17, 10 – 16, “Vive el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan solo me queda un puñado de harina en una vasija y un poco de aceite en una jarra. Precisamente estaba recogiendo un poco de leña para preparar algo par mi hijo y para mí; lo comeremos y luego moriremos”.
Tomado esto en cuenta se puede entender mejor lo que cuenta el Evangelio, Jesús y sus discípulos se encuentran en el templo de Jerusalén, frente a las arcas, y observaban cómo la gente iba echando dinero en ellas. Muchos ricos depositaban en gran cantidad. Y una viuda pobre deposita dos monedas de muy poco valor. Y Jesús dice: “esa pobre viuda ha echado en la arcas más que todos los demás. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir”.
Entre las muchas enseñanzas que propone este texto del Evangelio comparto las siguientes:
Que peligroso es que quienes están el frente de una religión se quieran valer de Dios para explotar al pobre, y que el templo que debe de ser un lugar de encuentro con Dios y con los demás, se convierta en un lugar donde se busca solamente conseguir dinero.
Que peligroso es que aquellos que tienen muchos bienes materiales piensen que con ese dinero pueden “comprar” la salvación, sin importarles los demás y viviendo una vida de injusticias en sus lugares de trabajo. Dando de lo que les sobra porque piensan que Dios está para servirlos.
Aquella viuda pobre ha echado todo lo que tenía para vivir, porque sabe que Dios es su Padre la fuente de la vida.
Este texto tiene una enseñanza para todos los discípulos de Cristo, es decir, todos los cristianos. Quien no está dispuesto a “vaciarse” o a renunciar a todo aquello que lo aleja del prójimo y de Dios, no puede acceder a la vida divina. En este vaciarse, Jesús no se refiere sólo al dinero, pensemos en el orgullo del esposo o la esposa que no está dispuesto (a) a renunciar a él para perdonar; el placer que no quiero dejar y que sé que me aleja de mis compromisos personales y con Dios; la buena fama que no quiero perder y que me hace vivir en la mentira o la injusticia; en fin, tantas “monedas” que tenemos, y de las cuales pensamos que dependen nuestras vidas y no queremos soltar. Atrevámonos a romper estas estructuras de pecado que nos alejan del prójimo y por lo tanto de Dios. Sólo cuando logramos vaciarnos de nuestras seguridades es que Dios puede acceder a salvarnos.
Se puede orar con las palabras de la oración de la misa dominical: “Ayúdanos, Señor a dejar en tus manos paternales todas nuestras preocupaciones, a fin de que podamos entregarnos con mayor libertad a tu servicio”.
Que el buen Padre Dios les acompañe cada día de la semana.